Dimensiones de la autonomía

En este número de Calibán (1+2) recogemos una serie de reflexiones teóricas y experiencias históricas y actuales que, si bien diversas y separadas por el tiempo y el espacio, tienen un núcleo común: la práctica de la autonomía. Nuestra intención es establecer un diálogo crítico entre ellas para alimentar el debate alrededor de las posibilidades y dificultades de la construcción de la autonomía, aprender de los logros y fracasos, para crear vínculos entre las luchas y las discusiones diversas.

Nada es un modelo en este mundo, pero sí que hay experiencias ejemplares. El zapatismo es una de ellas, pues expresa, escribió el situacionista Raoul Vaneigem, la praxis de una voluntad emancipatoria que, aguijoneada por el deseo de libertad, busca un saber siempre más vasto y apuesta por la sustancia propia, construyendo en la vida cotidiana proyectos productivos, educativos y de comunicación en los que la relación con los otros, con lo otro y con el propio cuerpo se va transformando radicalmente. Voluntad emancipatoria que además se caracteriza por ser autogestiva, al rechazar toda determinación del estado, sus instituciones y las instancias multinacionales que lo manipulan, que está siendo amenazada constantemente y a pesar de ello, no deja de recrear críticamente su propia sustancia social y política.

Diversos colectivos han hecho suya la propuesta de la autonomía como un camino no sólo deseable, sino posible, de construcción de alternativas a la sociedad capitalista. En la actualidad, estamos presenciando y participando en un sinfín de luchas que, si bien no siempre hablan de manera explícita de autonomía, cuestionan la tendencia de las instituciones y empresas que tratan de imponernos su mundo y sus saberes, para relegarnos al papel de espectadores/as pasivos de nuestras propias vidas: luchas por el derecho a vivir dignamente en nuestros barrios, movernos de manera libre y anónima en la web, luchas contra la jerarquización del aparato universitario o contra la mercantilización de las prácticas y saberes ancestrales, y un largo etcétera.

Tales procesos colectivos de construcción de politicidad y sociabilidad intentan romper, de distintas maneras, con aquello que podríamos denominar signos consumados de la heteronomía social: el estado y el capital. Pierre Clastres escribió que “hacer estado” no significa otra cosa que despojar a la sociedad de sus capacidades para decidir por sí misma la “cosa pública”; que en vez de ser producto de procesos amplios de discusión, horizontales e incluyentes, se convierte en algo jerárquico, exclusiva y excluyente, decidida por los especialistas (de la política, los medios, la educación, entre otros). “Hacer autonomía” significa reapropiarnos del espacio y tiempo sociales para construir nuevas formas de ser y hacer.

alex xavier aceves bernal

Reconquistar lo político y lo social

En su crítica de la economía política, Karl Marx observó que el capital no es una “cosa” sino una relación social. Lo mismo vale para la consideración crítica del estado que, en palabras del teórico griego Nicos Poulantzas, es la condensación material de una relación de fuerzas. Si bien el estado asegura las condiciones de hegemonía y perpetuación de la dominación a través de su propia materialidad (aparatos, discursos, medios), es importante señalar que como relación social hegemónica, es mucho más que sus “instituciones”. El estado no es un campo de fuerzas cerrado, sino que está atravesado por luchas sociales diversas. Por ello, no hay un camino previamente trazado para nuestras luchas por la autonomía, pues así como las clases sociales y colectivos que constituyen ese campo de fuerzas son distintos, las luchas que se desarrollan en su interior son muy heterogéneas.

Pensar el capital y el estado como relaciones sociales nos recuerda, quizás dolorosamente para algunos, que no podemos pensar y/o construir la autonomía como un “afuera” de esas relaciones. Cuando hablamos de autonomía nos referimos a nuestros intentos de construir un “nosotra/os” a través de nuestras capacidades de decidir sobre los asuntos comunes, que constituyen procesos tremendamente conflictivos de autonomización, sometidos a roces constantes y ataques permanentes con que los poderes estatales y económicos reaccionan a estos intentos. La autonomía como construcción colectiva de lo político se opone tanto a las fantasías y promesas ingenuas de salvación y armonía individual y colectiva, como a la idea de que es posible “salirse” de las relaciones sociales y de poder. La autonomía se construye en un campo de fuerzas, transformándolo.

Las sociedades siempre se han conformado a sí mismas: las instituciones, las diversas formas de gobierno, las formas de relacionarse entre los miembros de la sociedad y de la sociedad con lo otro, la diversidad de lenguas, etcétera, son emanaciones de la comunidad y es la comunidad misma la que da forma a su sociabilidad, aunque lo haga de forma inconsciente. Sin embargo, el ser humano ha construido sus sociedades de manera heterónoma, pues atribuye a sus instituciones un origen extrasocial, como si fuesen producto de la voluntad de los dioses, los astros, las estrellas, las leyes de la historia, de la razón o del mercado. En cambio, la autonomía considera –de acuerdo con Cornelius Castoriadis– que cada individuo que compone una comunidad debe tener la posibilidad real, y no sólo formal, de participar de manera libre en un plano de igualdad de todos los asuntos que le son comunes, como la conformación de las normas que la rigen. Igualdad no significa aquí la negación de toda la diversidad que es constitutiva de la existencia humana, sino que implica la construcción de lo común en tal diversidad, que sólo es posible si existe igualdad económica. Una sociedad autónoma se constituye a sí misma, cuando potencia, y no reprime, la capacidad de decidir, de manera crítica y libre, de cada uno de sus individuos.

Por ende, la autonomía dirige una crítica hacia la realidad existente y pone de manifiesto la profunda crisis de la civilización moderna, consecuencia de la contradicción esencial del capitalismo. Ya lo observaba Bolívar Echeverría al señalar que la forma capitalista de la modernidad no puede realizarse sin traicionar el fundamento que la hizo posible: el trabajo humano. En lugar de potenciar el desarrollo de las fuerzas productivas y creativas de la sociedad, la forma capitalista las reprime y al servirse de la naturaleza, la aniquila. Se trata de una tendencia destructiva de la modernidad que no es accidental, sino estructuralmente inherente a su realización capitalista.

Desde la perspectiva del discurso crítico, se cuestiona la visión pesimista de que este orden de cosas es un destino ineluctable. La autonomía plantea la urgente necesidad de construir una alternativa en la que cada individuo participe libremente en los asuntos comunes, creando y recreando con ello su politicidad y contribuyendo libremente a dar forma a su sociabilidad.

La autonomía hoy

El revival de la autonomía hoy en día tiene mucho que ver con la crisis del capital y la consiguiente crisis de la política que estamos viviendo desde hace algunos años. En las sociedades europeas y la estadounidense, el acelerado despojo de la riqueza social, la pérdida de puestos de trabajo, ahorros y viviendas y con ello el desvanecimiento de la ilusión de seguridad y bienestar social, y no por último la violencia extrema con que los estados-nación han impuesto estos procesos, están causando una crisis profunda de legitimidad del sistema político de los estados capitalistas. En la actualidad, con el surgimiento de grupos y movimientos que resisten a estos desarrollos, presenciamos también la organización de pequeños proyectos colectivos de autoempleo y producción, que si bien en muchos casos nacieron meramente de la necesidad, están adquiriendo un carácter cada vez más reivindicativo y subversivo. Proyectos alimentarios, editoriales, centros de salud o hacklabs, que conforman una verdadera explosión de proyectos autogestivos, al interior de los que se busca construir otras relaciones sociales, maneras de trabajar y formas de tomar de decisiones. Al mismo tiempo, las experiencias del movimiento Occupy, del 15-M o del Parque Gezi han permitido que esos colectivos diversos, junto con individuos que se niegan a aceptar la vida miserable y lenta agonía que el sistema les ha previsto, comenzaran a coordinarse, definir puntos de encuentro y formular horizontes comunes.

Aún no sabemos qué desenlace tendrán estas experiencias autónomas, sin embargo, una perspectiva crítica y comprometida debe poner de manifiesto no sólo los logros, momentos preciosos y potencialidades de los movimientos hasta hace poco inimaginables, sino también las dificultades y contradicciones a las que se enfrentan estos esfuerzos de construir un mundo distinto. La represión, la cooptación, la reactualización de relaciones patriarcales y las tentaciones del capital y del estado son algunas de las dinámicas destructivas, que en muchos casos nacen en el seno mismo de los propios movimientos, a las que debemos enfrentarnos y responder de manera creativa. Nos parece que depender de los financiamientos estatales, colaborar con empresas capitalistas o fundar partidos políticos son prácticas que no ayudan a fomentar la construcción de la autonomía. Cabe recordar que, los proyectos socialistas fracasaron siempre que hicieron estado.

Sin desconocer en absoluto los logros alcanzados por los así llamados “gobiernos progresistas” en América Latina, y mucho menos las conquistas de las movilizaciones sociales que los hicieron posibles, pensamos que estos procesos de “transformación del estado” han mostrado no sólo fuertes ambigüedades, sino también tendencias abiertamente autoritarias y anti-emancipatorias. El debilitamiento de las principales organizaciones sociales a través de la cooptación de sus líderes o la represión; la imposición de megaproyectos económicos en contra de la voluntad de los colectivos humanos directamente afectados o las políticas sociales que al mismo tiempo que amortiguan la pobreza intensifican la dependencia de los aparatos estatales, todo ello son claros indicios de una creciente centralización y jerarquización de las relaciones de mando-obediencia que nos parecen sumamente preocupantes.

Nuevamente, son los movimientos indígenas, campesinos y urbano-populares los actores más visibles que resisten a esas ofensivas estatales. Su lucha por la autonomía, por subvertir los intentos de subordinación por parte del poder central y de las fuerzas del capital son de lo más rescatable que nuestro continente nos ofrece hoy en día.

alex xavier aceves bernal

 

Dimensiones de la autonomía

El Dossier de este número de Calibán reúne una serie de textos que se ocupan de la cuestión de la autonomía desde perspectivas, geografías y momentos históricos muy diversos, pero que están interrelacionados por preocupaciones y aspiraciones comunes. Nuestra intención es contribuir a la construcción de una memoria histórica de la autonomía y cartografiar diferentes experiencias del presente para enriquecer nuestras prácticas y discusiones actuales.

El texto de Daniel Blanchard, “Actualidad de mayo del 68”, da inicio a este diálogo sobre la autonomía. En él, el autor cuestiona la “política de los políticos” y reflexiona sobre la irrupción de un sujeto colectivo que por sí mismo emprendió la gestión directa e igualitaria de los asuntos de la sociedad. En la Francia de aquellos años, y en otras partes del mundo, la apuesta por la autonomía individual y colectiva que reavivó el 68 planteó preguntas que son totalmente “actuales para quien apuesta por la transformación colectiva de la realidad desde abajo”, escribe Amador Fernández-Savater en su introducción al ensayo.

Por su parte, Sergio Bianchi cuestiona, en su texto “Los autónomos”, la imagen que se construyó de los autónomos italianos de los setenta como un extremismo irracional, desesperado y violento. Bianchi pone de manifiesto las contribuciones de la autonomía operaia a la renovación de la lucha revolucionaria de aquellos años y analiza sus reflexiones sobre las nuevas subjetividades obreras, que cuestionaban los esquemas clásicos de la izquierda marxista. El movimiento obrero autónomo -subraya Bianchi- supo modificarse y prolongarse hasta la actualidad, pues su legado teórico-práctico sigue siendo crucial para gran parte de los movimientos revolucionarios del presente.

La lucha de uno de estos movimientos revolucionarios actuales, el zapatista, es el tema del artículo de Amaranta Cornejo Hernández “Autonomía somos y en el camino la andamos. Caracoles zapatistas y Juntas de Buen Gobierno”. Como ninguna otra experiencia reciente, el zapatismo inspira a mujeres y hombres que, de múltiples maneras y en las más diversas partes del planeta, se oponen a la opresión y explotación del estado y del capital. Partiendo de su propia vivencia en las comunidades, la autora discute el camino abierto por las y los zapatistas, y las dificultades que enfrentan en su andar.

En su texto “Amazonía en lucha: autogobierno, autonomía y movimiento indígena en el TIPNIS”, Marxa Chávez nos lleva al corazón del antagonismo entre la lógica del estado, el capital y la autonomía, en el caso del fuerte conflicto entre las comunidades indígenas del Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS) en Bolivia y el gobierno de Evo Morales. La autor reflexiona sobre la continuación de formas coloniales, capitalistas y patriarcales de exclusión en el “estado plurinacional” boliviano, sin ignorar los procesos y aspiraciones de inclusión e incorporación de otras matrices civilizatorias al núcleo organizativo dominante. La lucha de las comunidades indígenas por su territorio y autonomía, y en contra del “desarrollo” estatal-capitalista, arroja luz sobre las profundas contradicciones de los proyectos políticos de los gobiernos “progresistas” en América Latina.

¿Cómo se puede transformar el espacio y el cuerpo social en medio de una crisis civilizatoria y económica tan fuerte como la que experimenta Grecia en los últimos años?, se pregunta Marina Demetriadou en su artículo “Experimentos de autonomía en la Grecia actual”. Una impresionante cantidad de colectivos están dando posibles respuestas a esta interrogante desde los más diversos ámbitos y a partir de sus experiencias, que la autora reflexiona como la reconstrucción de la colectividad y la reinvención de lo político en los tiempos de crisis en Europa.

El texto de Silvia L. Gil, “Pensar la autonomía hoy. Una mirada feminista”, cierra este Dossier con una reflexión sobre el significado de las luchas autónomas en la actualidad. La experiencia zapatista, dice, permitió romper con la idea de que de lo que se trata sería enfrentarse al estado o “tomar el poder”, apostando a la construcción de comunidad para volverlo superfluo. En este sentido, no sólo la organización al margen de los partidos, la innovación en las formas de protesta y la capacidad para generar conocimientos propios son elementos centrales para la construcción de la autonomía, sino también la (re)construcción de lazos entre personas a partir del trabajo de cuidado.

Finalmente, la contribución de Fernando Paniagua, “Los primeros pasos de la larga marcha. La autonomía obrera en Barcelona 1964-1973”, reconstruye las movilizaciones y discusiones del movimiento obrero en Cataluña durante el franquismo; un movimiento que, al margen de los partidos y sindicatos tradicionales y a contracorriente del marxismo-leninismo hegemónico en la izquierda de entonces, eligió construir su independencia organizativa y una memoria histórica propia. El texto es un estudio fundamentalmente histórico -por lo cual lo hemos incluido en la sección Pasado Presente- que nos ofrece un rico abanico de elementos para reflexionar no sólo sobre el legado de las experiencias del pasado, sino principalmente sobre las múltiples dimensiones de las luchas por la autonomía en la actualidad.

Colectivo Calibán, Septiembre de 2014

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